"Si te es imposible vivir solo, naciste esclavo". (Fernando Pessoa)
Carlos Taibo, Como si no pisase el suelo, Madrid, Trotta, 2011.
No
me extraña nada (e incluso me gusta) que un profesor de Ciencia
Política haya publicado unos ensayos sobre Pessoa. Deberían tomar
ejemplo cardiólogos, ingenieros de minas, jueces y diseñadores gráficos
(por mencionar lo primero que se me viene a la cabeza), para ver si los
filólogos nos desintoxicamos y recordamos que lo nuestro también debería
ser serio, y científico. Y que las afirmaciones absolutamente
inventadas, puestas al servicio de nuestros prejuicios, creencias y
gustos personales están para el momento de tomar copas con los amigos;
si las publicamos, nos deberían poner una multa por fraude.
El
caso es que con Pessoa pasa un poco como con Lorca, poetas entre los
que encuentro enormes afinidades en cuanto al trato y manipulación que
les ha dado la crítica. Ambos sin hijos, con familias ligeramente
lejanas y llenas de esa figura fascinante llamada “sobrino-nieto”, que
han vivido más de 40 años obsesionadas con dos cosas: lucrarse y no
permitir que la imagen de su tío abuelo, hermano, hermanastro o primo se
manchara con ninguna sombra. “Sombras”, para estas familias, a lo largo
de estos años han sido: el alcoholismo, la homosexualidad, la carencia
de recursos económicos, etc.
Respecto
a este último aspecto (las dificultades económicas), apunta Carlos
Taibo una obviedad que me ha encantado. Disfruto enormemente de la
valentía cuando se escribe. La vergüenza familiar no proviene de
considerar innoble la pobreza; proviene del hecho de que si dicha
pobreza realmente se produjo, todas aquellas personas que fueron
incapaces de prestarle ayuda material, quedan, para la posteridad, como
unos miserables.
Y
a fin de cuentas, nadie dice que lo fueran. Pero ellos ya lo están
pensando; y las justificaciones no pedidas, ya sabemos qué son en
realidad.
Estos
ensayos pretenden trazar una semblanza personal (no literaria) de una
persona que se escondió siempre. Y más aún, aspiran (con cierta
pretenciosidad que no deja de caerme simpática) a acercarse honestamente
al poeta; quieren buscar la verdad (eso que no existe) y refutar las
falsas y canónicas afirmaciones que se han consagrado sobre la vida de
Fernando Pessoa. A mí me hace gracia que de verdad uno crea poder llegar
a conclusiones sin datos. Como si el neurólogo (mi nueva obsesión con
la medicina le será familiar y, espero, disculpable a mis allegados)
pretendiera conocer la cura del Alzheimer sin saber qué son las
neuronas. De Fernando Pessoa no sabemos nada, excepto cosas increíbles y
fascinantes en su rareza. Nada que nos permita comprenderlo. Si quienes
lo conocieron no lo hicieron (comprenderlo, digo), ¿en qué demonios se
están gastando el dinero las editoriales con estas tonterías?
Una
cosa sí que ha conseguido Taibo. Y se debe agradecer, reconocer,
valorar. Quizás se queda lejos de sus pretensiones (o quizás no); pero
pienso que es un logro, y con los logros que alcancemos en la vida hemos
de conformarnos. Taibo consigue enmendar la plana a todos los absurdos
biógrafos que ha tenido Pessoa. Y no ofrecer ninguna respuesta. Ninguna.
Pero reconoce simplemente esto: “La respuesta es imposible. Lo
desconocemos”. Es decir: “No pienso inventarme nada y enguarrar más
páginas de mala praxis filológica o histórica”.
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| la terraza del Martinho |
Y
es que, de lo que se ha dicho sobre Pessoa, la mitad es mentira, y la
otra mitad no existe. Cierto que esos sobrino-nietos y hermanastros que
en los años 80 del siglo XX padecían ya demencias seniles y abrían sus
puertas a los periodistas porque la pensión no les alcanzaba o porque la
soledad hacía estragos en ellos, mintieron, maquillaron o simplemente
chochearon respecto a unos hechos ya muy lejanos en el tiempo. Por otra
parte, esos periodistas, biógrafos, filólogos, curiosos, mamarrachos...
se habían enamorado de una persona sobre la que habían proyectado sus
propias ilusiones y valores (como cuando conoces a alguien en un chat
por Internet), e hicieron lo que quisieron con aquella información.
Dibujaron lo que soñaban.
Me
he enfrentado a Fernando después de mucho tiempo. Después de haber
leído mucho sobre él. Tanto, que lo he olvidado. Y de repente me veo en
él tan cercana como lejana. Mimetizada en sus cigarrillos y su mirada
perdida, y sin embargo, al mismo tiempo, encumbrada en esta atalaya del
siglo XXI desde la que no entiendo su falta de pulsión sexual, ni su
despreocupación por el bienestar económico. Me hago mayor, tal vez, y
pienso que el dinero sí da la felicidad. Lo busco y lo procuro y, aunque
es verdad que nunca sacrificaría cosas verdaderamente importantes por
dinero, aspiro a tenerlo. Mentiría si dijese lo contrario. Sé que me
moriré sin él, y trabajando. Pero hasta el último momento pensaré en
cómo ganar más dinero.
Pessoa
necesitaba escribir, y para ello no podía dedicar demasiadas horas al
trabajo. Claro, a mí me pasa igual; lo entiendo. Así que él decidió ser
traductor de cartas comerciales, y no asumir más encargos de los que le
iban bien para tener tiempo libre. Rechazó un puesto en la Universidad
de Coimbra (me hace gracia, precisamente en la Universidad de Coimbra,
entre otras, por una plaza de profesora titular, me plantearía
seriamente el asesinato de quien se me pusiera por delante). Así que
tuvo apuros económicos. No fue pobre. Le pasaba como a mí, que a veces
no le llegaba el sueldo a fin de mes, nada más, y no era de esa especie
extraña y peligrosa que es capaz de beber menos vino o fumar menos
cigarros para que le alcance el dinero. Yo eso no sé hacerlo, y él
tampoco. A mí quien sabe hacerlo me da miedo.
Pero yo hubiera aceptado más traducciones, y habría renunciado a trabajar solo 5 o 6 horas. Es lo que hago ahora. Ser cobarde.
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| Los camareros del Martinho |
Eso
me distancia de Pessoa. Pienso que fue tremendamente valiente y
coherente. Como me distancia también esta sexualidad sana y activa
(quiero decir con ello normal) que por fortuna padezco. Durante muchos
años se ha querido insinuar que Pessoa era homosexual, por la sencilla
incapacidad que todos tenemos de asumir que se trataba de un hombre sin
vida sexual. Fernando Pessoa no follaba (o lo hizo poquísimo). No quiero
escribir más sobre la sexualidad de Fernando Pessoa, que siempre ocupa
un capítulo destacado en los manuales y biografías. Ofelia Queirós sabe
la verdad. Alguna otra mujer anónima quizás también sepa la verdad.
Nosotros no sabemos nada. Pero yo sí sé, al menos, que quienes han
querido ver en Pessoa a un homosexual reprimido son más tontos que
Abundio. Si así fuera, no habría parado de follar. Y salta a la vista
que no fue así.
Pessoa
fue un hombre sin vida íntima, quizás porque tenía miedo de ella. Y en
cuanto a Ofelia, basta hacer un ejercicio de sana lectura de las cartas
que se escribió con ella (como ha hecho Taibo) para dejar de marear la
perdiz y de aventurar hipótesis absurdas: simplemente intentó amarla y
no pudo o quiso. Es extraño. Es desconcertante. Y de nuevo, desde mi
atalaya del siglo XXI, veo a un Pessoa lejano, por quien no puedo sentir
comprensión alguna. Quizá es de las pocas personas que han pasado por
este mundo siendo más espíritu que carne. Nada más sé. Ni sabemos. El
psicoanálisis se me queda corto (por no decir que me da risa).
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| Las almejas |
Pero
en el resto... Yo camino de su mano, y entiendo el valor que le daba a
las cosas. Yo sí puedo comprender que, teniendo unos cigarros de una
marca especial, mirando el Tajo al caer de la tarde desde la altura y la
perspectiva que da la Alfama, se sintiera feliz. Puedo entender que
empleara la mayor parte de su sueldo en ello. Que bebiera café, vino y
aguardiente. Que se encontrara a gusto en los cafés, sobre todo en
Martinho da Arcada, donde siempre que he podido he ido a comer almejas. Y
sola, a ser posible. Porque a mí me gusta ir sola a Martinho da Arcada,
qué le vamos a hacer. Los camareros son de ese tipo que existe en las
zonas más céntricas de Madrid (plaza Mayor, sobre todo). Muy
profesionales; absolutamente alienados, derrengados, destrozados por
años y años y horas de trabajo. Muy simpáticos, muy educados. De mediana
edad ya todos (no hay ningún chaval con huevos, ni con la educación
suficientes para currar en esos sitios). Muchas veces pienso en llevar
allí a alguien especial. Pero luego me doy cuenta de que esa persona tal
vez espere que el lugar le impresione, o que tenga algo sumamente
especial para ella. Y no: solo lo tiene para mí. Es muy probable que se
decepcione. No puedo explicar por qué para mí es importante comer
almejas en Martinho mientras miro la praça do Comerçio, e intuyo, al
fondo, el río. Ni espero que los demás sientan lo mismo. Es algo muy
personal.
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| La mesa de Pessoa, en el interior |
A
veces, los lugares y los momentos se quedan congelados dentro de una, y
siempre significan lo mismo; y siempre esperamos que estén ahí para
volver. A veces te has encontrado en el punto de la muerte, o en ese
menos dramático en el que simplemente has dejado de entender cosas, y
sientes frío. Y resulta que, sin pensarlo, te fuiste a comer algo. Y ese
rincón, ese plato, y el recuerdo del viento suave que te explicaba que
todo iría bien, te calman. Te recuerdan que se sobrevive. Que la vida
vale la pena. Después se encienden las luces, porque ha anochecido. Y
enciendes un cigarro que fumas con consciencia y deleite (no por
inercia, como algunas veces hacemos los fumadores). Y das las gracias a
Dios por ser hedonista. Porque total, para lo que vas a estar aquí,
mejor saber disfrutarlo.
Más
cercana y más lejana que nunca de Pessoa. Estos ensayos son
posiblemente de lo mejor que se ha escrito sobre él; aunque todo sea más
cierto, y por ello más doloroso.





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