dimarts, 21 de febrer del 2012

Martinho y Pessoa

 Maritornes escribiu:

"Si te es imposible vivir solo, naciste esclavo". (Fernando Pessoa)

Carlos Taibo, Como si no pisase el suelo, Madrid, Trotta, 2011.



No me extraña nada (e incluso me gusta) que un profesor de Ciencia Política haya publicado unos ensayos sobre Pessoa. Deberían tomar ejemplo cardiólogos, ingenieros de minas, jueces y diseñadores gráficos (por mencionar lo primero que se me viene a la cabeza), para ver si los filólogos nos desintoxicamos y recordamos que lo nuestro también debería ser serio, y científico. Y que las afirmaciones absolutamente inventadas, puestas al servicio de nuestros prejuicios, creencias y gustos personales están para el momento de tomar copas con los amigos; si las publicamos, nos deberían poner una multa por fraude.

El caso es que con Pessoa pasa un poco como con Lorca, poetas entre los que encuentro enormes afinidades en cuanto al trato y manipulación que les ha dado la crítica. Ambos sin hijos, con familias ligeramente lejanas y llenas de esa figura fascinante llamada “sobrino-nieto”, que han vivido más de 40 años obsesionadas con dos cosas: lucrarse y no permitir que la imagen de su tío abuelo, hermano, hermanastro o primo se manchara con ninguna sombra. “Sombras”, para estas familias, a lo largo de estos años han sido: el alcoholismo, la homosexualidad, la carencia de recursos económicos, etc.

Respecto a este último aspecto (las dificultades económicas), apunta Carlos Taibo una obviedad que me ha encantado. Disfruto enormemente de la valentía cuando se escribe. La vergüenza familiar no proviene de considerar innoble la pobreza; proviene del hecho de que si dicha pobreza realmente se produjo, todas aquellas personas que fueron incapaces de prestarle ayuda material, quedan, para la posteridad, como unos miserables.

Y a fin de cuentas, nadie dice que lo fueran. Pero ellos ya lo están pensando; y las justificaciones no pedidas, ya sabemos qué son en realidad.

Estos ensayos pretenden trazar una semblanza personal (no literaria) de una persona que se escondió siempre. Y más aún, aspiran (con cierta pretenciosidad que no deja de caerme simpática) a acercarse honestamente al poeta; quieren buscar la verdad (eso que no existe) y refutar las falsas y canónicas afirmaciones que se han consagrado sobre la vida de Fernando Pessoa. A mí me hace gracia que de verdad uno crea poder llegar a conclusiones sin datos. Como si el neurólogo (mi nueva obsesión con la medicina le será familiar y, espero, disculpable a mis allegados) pretendiera conocer la cura del Alzheimer sin saber qué son las neuronas. De Fernando Pessoa no sabemos nada, excepto cosas increíbles y fascinantes en su rareza. Nada que nos permita comprenderlo. Si quienes lo conocieron no lo hicieron (comprenderlo, digo), ¿en qué demonios se están gastando el dinero las editoriales con estas tonterías?

Una cosa sí que ha conseguido Taibo. Y se debe agradecer, reconocer, valorar. Quizás se queda lejos de sus pretensiones (o quizás no); pero pienso que es un logro, y con los logros que alcancemos en la vida hemos de conformarnos. Taibo consigue enmendar la plana a todos los absurdos biógrafos que ha tenido Pessoa. Y no ofrecer ninguna respuesta. Ninguna. Pero reconoce simplemente esto: “La respuesta es imposible. Lo desconocemos”. Es decir: “No pienso inventarme nada y enguarrar más páginas de mala praxis filológica o histórica”.

la terraza del Martinho
Y es que, de lo que se ha dicho sobre Pessoa, la mitad es mentira, y la otra mitad no existe. Cierto que esos sobrino-nietos y hermanastros que en los años 80 del siglo XX padecían ya demencias seniles y abrían sus puertas a los periodistas porque la pensión no les alcanzaba o porque la soledad hacía estragos en ellos, mintieron, maquillaron o simplemente chochearon respecto a unos hechos ya muy lejanos en el tiempo. Por otra parte, esos periodistas, biógrafos, filólogos, curiosos, mamarrachos... se habían enamorado de una persona sobre la que habían proyectado sus propias ilusiones y valores (como cuando conoces a alguien en un chat por Internet), e hicieron lo que quisieron con aquella información. Dibujaron lo que soñaban.


Me he enfrentado a Fernando después de mucho tiempo. Después de haber leído mucho sobre él. Tanto, que lo he olvidado. Y de repente me veo en él tan cercana como lejana. Mimetizada en sus cigarrillos y su mirada perdida, y sin embargo, al mismo tiempo, encumbrada en esta atalaya del siglo XXI desde la que no entiendo su falta de pulsión sexual, ni su despreocupación por el bienestar económico. Me hago mayor, tal vez, y pienso que el dinero sí da la felicidad. Lo busco y lo procuro y, aunque es verdad que nunca sacrificaría cosas verdaderamente importantes por dinero, aspiro a tenerlo. Mentiría si dijese lo contrario. Sé que me moriré sin él, y trabajando. Pero hasta el último momento pensaré en cómo ganar más dinero.

Pessoa necesitaba escribir, y para ello no podía dedicar demasiadas horas al trabajo. Claro, a mí me pasa igual; lo entiendo. Así que él decidió ser traductor de cartas comerciales, y no asumir más encargos de los que le iban bien para tener tiempo libre. Rechazó un puesto en la Universidad de Coimbra (me hace gracia, precisamente en la Universidad de Coimbra, entre otras, por una plaza de profesora titular, me plantearía seriamente el asesinato de quien se me pusiera por delante). Así que tuvo apuros económicos. No fue pobre. Le pasaba como a mí, que a veces no le llegaba el sueldo a fin de mes, nada más, y no era de esa especie extraña y peligrosa que es capaz de beber menos vino o fumar menos cigarros para que le alcance el dinero. Yo eso no sé hacerlo, y él tampoco. A mí quien sabe hacerlo me da miedo.

Pero yo hubiera aceptado más traducciones, y habría renunciado a trabajar solo 5 o 6 horas. Es lo que hago ahora. Ser cobarde.

Los camareros del Martinho
Eso me distancia de Pessoa. Pienso que fue tremendamente valiente y coherente. Como me distancia también esta sexualidad sana y activa (quiero decir con ello normal) que por fortuna padezco. Durante muchos años se ha querido insinuar que Pessoa era homosexual, por la sencilla incapacidad que todos tenemos de asumir que se trataba de un hombre sin vida sexual. Fernando Pessoa no follaba (o lo hizo poquísimo). No quiero escribir más sobre la sexualidad de Fernando Pessoa, que siempre ocupa un capítulo destacado en los manuales y biografías. Ofelia Queirós sabe la verdad. Alguna otra mujer anónima quizás también sepa la verdad. Nosotros no sabemos nada. Pero yo sí sé, al menos, que quienes han querido ver en Pessoa a un homosexual reprimido son más tontos que Abundio. Si así fuera, no habría parado de follar. Y salta a la vista que no fue así.

Pessoa fue un hombre sin vida íntima, quizás porque tenía miedo de ella. Y en cuanto a Ofelia, basta hacer un ejercicio de sana lectura de las cartas que se escribió con ella (como ha hecho Taibo) para dejar de marear la perdiz y de aventurar hipótesis absurdas: simplemente intentó amarla y no pudo o quiso. Es extraño. Es desconcertante. Y de nuevo, desde mi atalaya del siglo XXI, veo a un Pessoa lejano, por quien no puedo sentir comprensión alguna. Quizá es de las pocas personas que han pasado por este mundo siendo más espíritu que carne. Nada más sé. Ni sabemos. El psicoanálisis se me queda corto (por no decir que me da risa).

Las almejas
Pero en el resto... Yo camino de su mano, y entiendo el valor que le daba a las cosas. Yo sí puedo comprender que, teniendo unos cigarros de una marca especial, mirando el Tajo al caer de la tarde desde la altura y la perspectiva que da la Alfama, se sintiera feliz. Puedo entender que empleara la mayor parte de su sueldo en ello. Que bebiera café, vino y aguardiente. Que se encontrara a gusto en los cafés, sobre todo en Martinho da Arcada, donde siempre que he podido he ido a comer almejas. Y sola, a ser posible. Porque a mí me gusta ir sola a Martinho da Arcada, qué le vamos a hacer. Los camareros son de ese tipo que existe en las zonas más céntricas de Madrid (plaza Mayor, sobre todo). Muy profesionales; absolutamente alienados, derrengados, destrozados por años y años y horas de trabajo. Muy simpáticos, muy educados. De mediana edad ya todos (no hay ningún chaval con huevos, ni con la educación suficientes para currar en esos sitios). Muchas veces pienso en llevar allí a alguien especial. Pero luego me doy cuenta de que esa persona tal vez espere que el lugar le impresione, o que tenga algo sumamente especial para ella. Y no: solo lo tiene para mí. Es muy probable que se decepcione. No puedo explicar por qué para mí es importante comer almejas en Martinho mientras miro la praça do Comerçio, e intuyo, al fondo, el río. Ni espero que los demás sientan lo mismo. Es algo muy personal.

La mesa de Pessoa, en el interior
A veces, los lugares y los momentos se quedan congelados dentro de una, y siempre significan lo mismo; y siempre esperamos que estén ahí para volver. A veces te has encontrado en el punto de la muerte, o en ese menos dramático en el que simplemente has dejado de entender cosas, y sientes frío. Y resulta que, sin pensarlo, te fuiste a comer algo. Y ese rincón, ese plato, y el recuerdo del viento suave que te explicaba que todo iría bien, te calman. Te recuerdan que se sobrevive. Que la vida vale la pena. Después se encienden las luces, porque ha anochecido. Y enciendes un cigarro que fumas con consciencia y deleite (no por inercia, como algunas veces hacemos los fumadores). Y das las gracias a Dios por ser hedonista. Porque total, para lo que vas a estar aquí, mejor saber disfrutarlo.

Más cercana y más lejana que nunca de Pessoa. Estos ensayos son posiblemente de lo mejor que se ha escrito sobre él; aunque todo sea más cierto, y por ello más doloroso.

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